¿Debe ser la salud un derecho?

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Sigo regularmente la columna de Andrés Gómez en Página Siete. Un excelente periodista que escribe cada semana análisis bastante acertados y valientes. En los últimos años su columna ha desarrollado una crítica punzante no solo contra el actual régimen sino también contra la filosofía demagógica y populista que representa. Algo que, por supuesto, aplaudo con entusiasmo. Pero a veces al mejor cazador se le va la liebre. Y me temo que a Andrés la liebre se le fue por un largo margen en su artículo “La salud como derecho a la vida” del pasado domingo 7 de enero.

En ese artículo Andrés planteaba lo siguiente:

  1. La salud debe ser un derecho garantizado por el estado.
  2. Este derecho no puede ser garantizado, sin embargo, si las personas no tienen las condiciones materiales que permitan una vida saludable como el empleo y la alimentación. En consecuencia, estas dos condiciones materiales deben también ser un derecho.
  3. Andrés justifica lo anterior afirmando que la salud es la base de la felicidad.

Lo paradójico es que estos argumentos son tan o más populistas que las políticas impulsadas por el régimen que Andrés critica con tanto acierto. Veamos.

¿Que significa que la salud sea un derecho? Significa esencialmente que por el hecho de existir toda persona puede exigir, amparada en la ley, que se le otorguen servicios de salud. Es decir, campañas de prevención, acceso a hospitales, doctores, medicinas, etc. ¿Y a quién se le exigiría todo esto? Al gobierno, por supuesto. Pero, ¿como hace el gobierno para financiar todos estos servicios? Cobrando impuestos. Es decir, cuando decimos que la salud es un derecho, en el fondo estamos diciendo que es legítimo obligar a unos (a través de impuestos) a proveer estos servicios para otros. Así de simple: la otra cara del derecho es la imposición. La demagogia populista trata de disfrazar esta realidad llamándola “sociedad solidaria” pero de solidaria no tiene nada. Por definición la solidaridad es voluntaria. Los impuestos son en cambio una obligación respaldada con violencia: si no paga lo meten a la cárcel. Que la salud sea un derecho es entonces una imposición violenta que restringe nuestra libertad al forzarnos a pagar impuestos, por más beneficios que estos impuestos generen.

Y claro, tener mejor salud está directamente correlacionado con tener otras condiciones materiales como empleo, alimentación, agua potable, vivienda, etc. ¿Deberemos entonces hacer que estas otras condiciones sean también derechos? Andrés cree que sí, por lo menos para las dos primeras. Fíjese, sin embargo, que eso nos llevaría al mismo problema anterior y multiplicaríamos las restricciones a nuestra libertad. Habría que cobrar más impuestos (siempre con amenaza de cárcel) para financiar todas esas cosas. Otra vez, aunque el uso de esos impuestos genere beneficios estos no dejan de ser una imposición que restringe la libertad.

En el fondo, Andrés desea lo mismo que deseamos todos: que la gente tenga mejores servicios de salud, trabajo, buena alimentación, vivienda, etc. Hasta ahí coincidimos. En lo que no estamos de acuerdo es en los medios para lograrlo. Obligar a unos a ayudar a que otros tengan acceso a todo lo mencionado arriba a través de impuestos no solamente es ineficiente (la evidencia empírica es inobjetable) sino que también es inmoral porque restringe nuestra libertad y el libre uso de nuestros recursos. Ayudar (o ser solidario) debe ser, naturalmente, algo voluntario y no impositivo.

Andrés termina argumentando que hacer de la salud un derecho es justificado porque la salud es la base de la felicidad. Esto, me temo, es aún más demagógico. Hagamos el siguiente ejercicio. Imagine que aparece una nueva tecnología que puede acabar con todo riesgo de enfermedad de aquí hasta que uno se muera. Si usted la adopta, no tendrá ni siquiera una simple gripe hasta el final de sus días. ¿Cuál es el problema? Cuesta tanto que tiene que usar todos sus ahorros y vender todo lo que tiene para pagarla. Además tiene que visitar una clínica por dos horas cada día donde se lo someterá a permanentes controles. Olvídese además de fumar, tomarse una cerveza y la parrillada de los domingos. Tampoco podrá seguir haciendo su deporte favorito por temor a las lesiones. Eso sí, vivirá completamente sano. ¿Qué opina? ¿Será usted feliz?

Lo que Andrés y muchos políticos ignoran es que todos somos distintos y tenemos preferencias distintas. Habrán los que valoran la salud tanto que comprarán la nueva tecnología de mi ejemplo pero habremos otros que preferimos algo menos de salud a cambio de otros placeres. También los habrán aquellos que sacrificarán aún más su salud a cambio de vivir como un Rolling Stones. En suma, no existe un elixir único de la felicidad. La salud es un bien más como muchos otros que proveen pedacitos de felicidad para quien la valore. La felicidad, en suma, es subjetiva. No se puede entonces justificar un derecho/imposición por un bien y no por otro. Hacerlo es simplemente dictatorial porque impone una preferencia sobre las preferencias de los demás. Y ahí sí que Andrés y yo, y la mayoría del país, estamos de acuerdo: no queremos dictadores.

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